Rosa Cabeza

Rosa Cabeza

El 4 de noviembre pasado, Rosa Cabeza sintió un ruido a las 1 y media de la madrugada. Despertó a su marido y le pidió que saliera a mirar.

Cuando sentimos de golpe la puerta abrirla y entraron y nos dijeron:

— “¿Tienen armas?”.

“No, de dónde armas”, le digo yo “si aquí no hay armas”.

— “Ya entonces tienen que salir rapidito porque la casa se está incendiando por los cuatro costados”.

Y yo le digo, “pero mire cómo andamos”.

—“No, pero salgan rápido”.

Mi esposo le dice, “pero, amigo, déjeme siquiera vestirme”.

—Ya, vístase rapidito.

Y ahí salimos afuera cuando íbamos pasando por la cocina y estaba todo encendido.

El matrimonio de Marcos y Rosa cuidaba el campo de otra persona a 7 kilómetros de Traiguén. El marido hacía de obrero y ella veía a los animales.

Actualmente, residen en Traiguén, pero Marcos sigue trabajando en el mismo campo intentando sobrevivir. El hombre, adulto mayor, camina casi todos los días los 7 kilómetros que lo separan del trabajo.

“Uno me dice de espaldas: —no se preocupe si esto no es por ustedes y le digo, “pero por qué nos van a hacer esto”, saqué hasta los años de matrimonio que teníamos y teníamos todas estas cositas nosotros en sacrificio y hemos vivido siempre, le digo, “con un sueldo mínimo, qué daño les hacemos”.

—No, si no es por ustedes, es por su jefe, me dice. Total, su jefe tiene que pagarle todos los daños que ahora les vamos a hacer nosotros.

El matrimonio tiene 3 hijos. Todos estudiaron gracias al esfuerzo de sus padres y los 3 son uniformados.

Ellos quieren que se conozca esta historia para poder tener justicia.

“Ellos fueron el pilar fundamental en esto porque nosotros, como le digo, quedamos con lo puro puesto. Si bien es cierto, tenía una casita en la ciudad, pero no la tenía con nada, entonces, nos vinimos aquí y no teníamos ni siquiera donde comer, ni una mesa. Entonces, lo perdimos todo”.