Mauro Aguilar

“Sobrevivir al miedo”

Mauro Aguilar: “Sobrevivir al miedo”.

Mauro Aguilar quiere volver a manejar. Los camiones han sido su pasión durante años, desde que veía a su padre trabajando con alegría. Pero Mauro Aguilar, desde que recibió el balazo en su cara, tiene miedo. Piensa que será difícil volver a sentarse frente al volante y sentirse contento como antes y, quizás, cantar a todo volumen mientras recorre las rutas de su región.

Su madre, su polola y su hermano le piden que no regrese, que busque otro trabajo, pero él no se conforma. Desde que dejó sus estudios universitarios debido a la falta de recursos, se dedicó por completo a los camiones. Soñaba con que lo contrataran en la misma empresa de su padre y así fue. “Siempre miraba esos camiones porque eran de mi pueblo natal y mi papá trabajaba ahí. Yo lo único que quería era entrar a esa empresa. Cuando me dieron la oportunidad, acepté altiro y salí a trabajar”.

Dice que tenía miedo y que no dudó de que podría ser víctima de un atentado. Pero no imaginó que ese 19 de enero una bala le atravesaría el rostro y le volaría los dientes. “Me acuerdo que iba cantando y escuchando música a todo dar dentro del camión. Reduje la velocidad y, en eso, siento un tiro por la ventana. Me di cuenta de que reventó el vidrio, pero pensé que era un piedrazo. Yo seguí, doblé por una curva y me di cuenta de que me estaba corriendo algo por la cara y era sangre. Y cuando me toco la cara, tenía súper hinchado. No tenía los dientes y escupí sangre con dientes. Me di cuenta que me iba a morir”.

Se fue manejando hasta la posta de Lumaco. 8 kilómetros que se le hicieron eternos y, además, con el disparo se le dañaron los anteojos con los que manejaba y un perdigón le alcanzó un ojo. Pero se sabía el camino de memoria. “Gracias a Dios no se me cruzó ningún animal ni ninguna persona, porque eso hubiera sido complicado. Yo iba llorando. Iba llorando porque no me había alcanzado a despedir de nadie. Cuando me fui de mi casa le dije a mi mamá que me esperara con comida. Estuve con mis gatitos…, y me fui no más. Esa era la angustia que llevaba yo”, dice con la voz quebrada.

A Mauro le han realizado tres cirugías. Dentro de todas las posibilidades que tenía, esta fue casi milagrosa. Al llegar a la posta, ya estaba casi desmayado, pero logró llegar a la puerta y el cuidador lo tomó. “Qué le pasó mi chiquillo, ¿le pegaron?, ¿quién le hizo esto? Me dispararon en la cara, le dije yo”.

Han pasado siete meses de aquella madrugada. Siete meses en los que el joven de 23 años no termina de entender el porqué. Por qué alguien quisiera dispararle a un simple conductor de camiones. Por qué ninguna autoridad ha seguido su caso, -excepto uno-. Por qué la sociedad opina de lo que pasa en la Araucanía con tanta liviandad.

“De las veces en que he ido a Santiago me he pillado con comentarios que me dan ganas de tirarme debajo del vehículo a que ir escuchando a personas así. Imagínese que he escuchado comentarios de que somos los mismos conductores que nos atentamos entre nosotros. Imagínese semejante estupidez. Me da una rabia, una impotencia”, dice.

Aún no vuelve a manejar. Y su padre se culpa a diario por el destino que encontró su hijo en la ruta. “Me da miedo ir a ver a mi polola que vive en Pastene o a mis familiares camino a Tirúa. Me da miedo pillarme con quemas o con lo que sea. El día que salga a trabajar no sé cómo voy a reaccionar. Temo a que no sea capaz de echar a andar el camión. Pero es mi pasión y por eso intento hacerle frente”, termina.